Gracias, Marcos

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Tengo un amigo con el que ya no puedo hablar, y no es que no tenga nada importante que decirle ni que contarle. Me bastaría con un –”¿Qué tal meu, como va todo?”, pero no puedo oír su voz, ni verle sonreír, tampoco puedo ya escuchar sus consejos, ni disfrutar de la pasión con la que contaba sus cosas, aunque todo esto lo llevo grabado muy dentro de mi.

No es que hablase con él todos los días, ni nos veíamos todas las semanas, no, ni mucho menos. Era de esos amigos que todos tenemos, que sabemos que están ahí. De los que siempre decimos –“Tengo que llamar a fulanito que hace tiempo que no se nada de él”. Pero el tiempo pasa muy rápido. Un día bajas al centro y te lo encuentras por la calle, y tienes ganas de sentarte con él un rato a tomar un café, reírnos un rato, charlar un poco y quizás recordar viejos momentos vividos en viajes compartidos, puede que recordemos entre risas aquella vez que un italiano nos hizo una proposición algo indecente y lo que nos costó hacerle entender que no nos iba “su rollo”, puede que recordemos emocionados como ganamos la medalla de plata de Dijon, o puede que le recuerde con agradecimiento como y cuando me ayudó con sus consejos para que yo pudiera conquistar a aquella chica en Inglaterra. Pero siempre pasamos con prisa y nos despedimos con un –“Oye, nos llamamos, ¿vale?”, y vuelve a pasar lo mismo de siempre.

Vuelvo a repetir que amigos así tenemos todos, amigos a los que quieres, pero de los que no puedes disfrutar tanto como deseas, aunque él no era uno más, hay muy poca gente que tiene ese algo que los hace ser especiales. Entraba en una habitación y la llenaba con su presencia. Era de esas personas de las que todo el mundo está pendiente cuando dice o hace algo. Pocos son los que tienen el don de poseer un inmenso carisma, y él era uno de esos. No sabéis lo tremendamente afortunado que soy de haberle podido conocer, no sabéis cuanto tengo que agradecerle todo lo que hizo por mi.

Hace unos meses por fin pudimos estar un rato juntos recordando tiempos pasados, Jaca, Francia, Rumanía, etc., fue genial haber vivido esas anécdotas con él. Cuando yo era un adolescente lo veía como la persona a la que me gustaría parecerme de mayor, el espejo en el que me quería reflejar, lo admiraba y lo admiro. Por el amor que le tenía a los suyos, a la vida. Por la pasión con la que hacía las cosas. Por ser como era. Sus consejos los llevaré siempre grabados en mi memoria. Recuerdo una vez que, de viaje, una chica de un grupo de Polonia me preguntó si yo era hermano suyo, yo contesté que no, y no se porqué fue pero me sentí absolutamente orgulloso de que aquella chica hubiera visto en mi algo de él.

Todos los componentes del grupo lo echamos de menos. Ya añoramos su ausencia cuando dejó de bailar, por ser el motor y pieza indispensable de la historia del propio grupo. Cuando bailaba, siempre elegante y seguro, además se divertía y eso nos influía confianza a todos al hacerlo a su lado. Pero más aún lo extrañamos como amigo, como persona. Era su alegría y su vitalidad la que nos regalaba en cada viaje, en cada noche, en cada ensayo, en cada escenario de la vida.

Si intentamos hacer un repaso por nuestra memoria de los momentos con él, todos esos recuerdos, los míos y los demás compañeros del grupo, tienen una misma respuesta, una sonrisa. Ahora, cada vez que su recuerdo llegue a nuestra memoria, sonreiremos.

Sólo me queda agradecerle al destino que al menos durante un tiempo nos haya puesto en el mismo camino.

Gracias Marcos

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